El becario le dijo al Dr. Frenzer: Señor, creo que acabo de provocar un desastre termonuclear. El doctor, sin sorprenderse lo más mínimo respondió: No te preocupes, Markus, reinicia el mundo.






A R C H I V O S

03.06
04.06
05.06
01.07



L I N.K I N G S

JAVIERDEBE
DEAMBULATORIO

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     GRACIAS, LIMONOFF.

Hoy mi vida va a cambiar para siempre. Por fin ha llegado a casa el inmenso paquete postal y, aunque sé que va a ser difícil desplazarme con un transformador de potencia de cincuenta kilos de peso, sé que tal artefacto constituye el fin de tantos años de soledad.

La mayor parte de los corazones funciona a 220. El mío sin embargo, por alguna extraña mutación genética, funciona a 125, y ésa ha sido la razón de que todos mis intentos de enamorarme hayan acabado dejándome fundido. Aunque no debo ser el único caso de disfunción voltaica, es difícil encontrar corazones a 125. Son pocos y, por desgracia, no suelen vivir en la ciudad.

Todos mis intentos de enamorarme, hasta ahora, han resultado desastrosos. Es inevitable. Conozco a una chica y, aunque procure quedar con ella en un sitio suficientemente ventilado, a los cinco minutos ya empiezo a calentarme. No hace falta que sea guapa, ni que vaya vestida de una forma sugerente. Todo es verla e, irremediablemente, un sudor frío me recorre el cuerpo, comienzo a salivar exageradamente y mis manos, como poseídas, dejan de responder a mis impulsos represivos. Los resultados, evidentemente, son difíciles de justificar ante cualquier persona desconocedora de mi disfunción.

-Oye, ¿me estás tocando las tetas?

-Sí, pero no porque yo quiera. Déjame explicarte, es que mi corazón...

-(Bofetada)

No puedo reprocharles nada. Mi patología y la del tío-más-caliente-que-una-patada-en-la-oreja se confunden con facilidad. Pero éste, por muy embarazoso que resulte, es tan sólo el aspecto sexual de mi problema.

Si consigo reprimirme al sobrecalentamiento gonadal, algo que sólo he logrado conseguir con enormes ingestas de bromuro devastadoras para el estómago, el siguiente problema es la sobrecarga paternal. Si logro que la chica soporte el patético espectáculo del sudor, la saliva y la erección de mis sentidos, son mis palabras las que, acto seguido, consiguen espantarla.

Apenas estoy con ellas cinco minuto, no puedo reprimir comenzar a hablarles de mis planes de futuro: Irnos a vivir juntos, fundar una familia... Y aunque sé perfectamente que ellas dicen las mismas cosas al cabo de unos meses de relación, reconozco que debe asustar escuchar a alguien decir que le gustan los nombres de Pablo y Lucía para sus hijos pero que está abierto a sugerencias. Probablemente yo, en caso de funcionar a 220 y escuchar tales palabras, reaccionaría de la misma forma: Mirando fijamente al techo, parpadeando dos veces, y saliendo despavorido.

Estos años la tristeza ha sido insoslayable. Mi adolescencia ha sido turbulenta, pero mi temprana madurez ha sido aún más perturbadora. Es duro vivir con la certeza de que la mitad de las mujeres que has conocido piensa de ti que eres un obseso y, la otra mitad, un ultraderechista católico. Pero hoy mi vida va a cambiar para siempre. Por fin ha llegado a casa el inmenso paquete postal y, aunque sé que va a ser difícil explicar porqué acudo a las citas con un enorme transformador de cincuenta kilos atado a la espalda, sé que no va a ser tan difícil, una vez lograda la ansiada hegemonía voltaica, derretir a cualquier chica con mi auténtico encanto personal.

Gracias Limonoff, quien quiera que seas.

Enviado por EL FACTOR LIMONOFF a las 9:53 p. m.
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